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¿Es perfecta nuestra memoria?


Os desvelo la respuesta rápidamente: no. La respuesta es no. Nuestra memoria no es perfecta. Y nos damos cuenta de ello en situaciones de la vida cotidiana tan simples como cuando no nos acordamos de si hemos cerrado el coche, cuando buscamos las gafas de sol y las tenemos puestas en la cabeza, cuando no recordamos dónde hemos aparcado, cuando no nos acordamos lo que íbamos a decir… y así sucesivamente con infinidad de situaciones. ¿Tenemos Alzheimer? ¿O simplemente mala memoria? ¿O quizá somos pocos inteligentes? Pues no. Nada de eso. Todo tiene una explicación: los límites de la memoria.

Existen dos tipos de memoria: memoria a corto plazo y memoria a largo plazo. Las situaciones que hemos descrito anteriormente son situaciones que son procesadas en memoria a corto plazo. Este tipo de memoria, según el psicólogo George A. Miller, tiene una capacidad limitada a siete datos de información, más o menos dos. Esto significa que cuando salimos del coche con prisa y estamos pensando en todo lo que tenemos que hacer en lugar de centrarnos en lo que estamos haciendo porque tenemos muchas cosas en la cabeza no prestamos atención a un acto que lo hacemos de forma inconsciente y absolutamente automatizada.

Por otro lado, se encuentra la memoria a largo plazo. La memoria a largo plazo puede ser implícita cuando memorizamos de forma inconsciente (sobre todo ocurre cuando nos encontramos en situaciones con una fuerte valencia emocional) o explícita cuando se memoriza de forma consciente como podría ocurrir cuando estudiamos. Pero… ¿también tiene fallos la memoria a largo plazo? Así es. Fue Ebbinghaus el que describió la curva del olvido, que significa que cuando pasa el tiempo, si hay memorias o conocimientos que no practicamos o repasamos finalmente los olvidamos. Entonces, un fallo de la memoria a largo plazo sería el olvido. Otro de los fallos es la llamada interferencia. ¿Esto qué es? Pues la interferencia es los recuerdos que se distorsionan cuando los recuperamos. Veamos un ejemplo: nosotros tenemos en mente una imagen de cuando éramos pequeños, una imagen a la que asociamos un recuerdo, pero… ¿cómo es posible que tengamos ese recuerdo? Pues porque lo hemos creado. En realidad nosotros no nos acordamos, en realidad solo es una imagen, una foto, la que tenemos en la cabeza; simplemente hemos creado ese recuerdo de lo que no hayan contado nuestros padres por ejemplo.

A todo esto de la memoria y la atención añádele las tensiones de la vida moderna. Aunque vivimos en una sociedad en la que aparentemente tenemos mayor autonomía y libertad, si miramos al mundo laboral los datos muestran mayores tasas de ansiedad y sensaciones de incompetencia de no ser buenos o no cumplir las expectativas. Todo esto al final se reduce en preocupaciones que tenemos constantemente presentes en nuestra cabeza y que no dejan espacio para otras. Por supuesto uno de los factores más importantes que nos ha llevado a ello son las nuevas tecnologías: internet con acceso a todo tipo de información, redes sociales, cambio continuo, avance rápido, correos electrónicos continuos… Uf, parece que las tecnologías que estaban enfocadas a ahorrar energía se han convertido en factores de estrés por sí mismos. Solo de pensarlo me agoto.

Entonces, con todo esto… ¿qué soluciones existen? La desconexión. Algunas personas mediante yoga, otras mediante la meditación, el ejercicio. Os animo a que encontréis aquello que os haga desconectar del mundo exterior para volver a conectar con vosotros mismos. ¡Vuestro cerebro y vuestra memoria os lo agradecerán!